jueves, 29 de noviembre de 2007

San Andrés de Teixido

El camino de San Andrés de Teixido es una sola historia; aunque tal vez podamos decir que es toda la Historia y, por ello, llena de miles de historias más pequeñas, que se acomodan en ella a lo largo de la línea del tiempo. Porque, debemos preguntarnos: ¿por qué desde los tiempos del Neolítico, los hombres no han dejado de creer que a San Andrés de Teixido va de muerto quien no va de vivo?

Y esa frase lo dice todo: allí van todos los muertos. Y algunos, miles de millones, claro, también van de vivos.

Trescientos mil vivos llegan aún cada año hasta San Andrés. Pero los muertos: ¿cuántos de miles de millones de almas han partido desde el último puerto, en la barca de piedra que conduce al Más Allá de las Islas, a la isla de los Bienaventurados, errante en el mar, y que a veces se vislumbra en el horizonte desde los finisterres? Pero, más que ninguno, pese al propio lugar así llamado, Finisterre o al Galway irlandés –el lugar más al oeste de Europa—, fue San Andrés el elegido por la Historia y, acaso, por la geografía mítica, para ser el embarcadero de las almas que parten hacia el otro mundo.

Los griegos y los celtas tenían, en relación a la muerte, creencias semejantes. Los griegos enterraban a sus difuntos con una moneda en la boca, para que el alma del finado pudiese pagar con ella al barquero Caronte y de ese modo, cruzar el río del Olvido. Y este río, para los griegos, es el gallego Leça, el mismo río que en el año 137 antes de Cristo, como nos cuenta, quizás falsamente, Tito Livio, los soldados del procónsul Décimo Junio Bruto, —que tras su victoria cambiaría su nombre por el de Galaico— se negaron a cruzar, presos del miedo. Los celtas, en cambio, creían que desde los últimos puertos, tomando una barca de piedra, que en San Andrés es absolutamente real y así se denomina a la mayor de las islas Gabeiras, —que según apreciaba el historiador Antonio Fraguas: “semeja la proa de un barco anunciado su llegada a puerto”— se llega en ella hasta el Paraíso.

Para ambos pueblos, celtas y griegos, la ruta que describe el sol es primordial para dar sentido lógico al razonamiento. El sol, obviamente, sale por el este y se oculta por el oeste. San Andrés, como finisterre, es el último lugar desde el que se ve ocultarse el sol, siempre teniendo en cuenta que para las creencias de la época, la tierra era un disco plano y la existencia de América ni se sospechaba. Pero, ¿a dónde va el sol?

Para esto también tenían respuesta: tras ocultarse bajo el horizonte, que ellos imaginaban como un inmenso precipicio por el que se desbordaba en catarata el océano, comenzaba a alumbrar el otro mundo, la isla de los Bienaventurados, donde viven las almas en un mundo del placeres, por toda la eternidad. Y el último lugar antes del ese precipicio es San Andrés.

Las fascinación por ver el infinito de lo desconocido, teniendo estas creencias en mente, es fácil de ver aquí, en este lugar, final del camino de las vidas, del mismo modo que es final del camino de un sol que muere y renace cada día, misteriosamente y de nuevo, por el otro lado, por el este. El romano Floro, de fiarnos de su testimonio, nos cuenta la fascinación que sufrió el propio Décimo Junio Bruto al contemplar el finisterre. Muchos años más tarde, un poco antes de 1842, un inglés llamado George Borrow, y conocido en nuestros lares como Jorgito El Inglés, llegó a Galicia dispuesto a escribir el que titularía The Bible in Spain. La fascinación que él mismo nos describe por esta contemplación del infinito, merecería incluso que copiara aquí su cita textual. Pero, no lo haré, porque ellos son tan sólo dos entre millones de ejemplos posibles y prefiero anteponer mi propia sensación a la suya.

Pero debo antes proseguir el relato, la descripción inicial de este lugar que es historia por sí mismo y que no se puede contar, ni explicar, sin que la historia ronde a cada frase. Quiero decir que ya desde su propio nombre, el de la zona en que se inscribe, y que los griegos, por error, tal como reconoce y nos cuenta Plinio, llamaban Tartares, el tártaro, aunque nunca tal nombre tuvo, sino el de Artabria y más tarde, Trasancos, pero que seguía representando algo más que el fin del mundo: el propio infierno. Y en esta idea oscura cayó como un losa para toda la eternidad sobre una tierra que, en cambio, los celtas consideraban luminosa. Pero, quizás fruto de esas creencias, perviven en Galicia desde la época medieval topónimos como Lamas do Inferno o, en Ferrol, O Inferniño.

Artabria es, según d´Arbois de Juvainville, el lugar en el que reina Cronos, tras ser vencido por Zeus en la batalla contra los Titanes. Y son los textos de Hesíodo, donde convergen de nuevo las creencias de celtas y griegos, cuando nos habla de la llanura Elusión del rubio Radamantis, peinada por los vientos del noroeste y postrera morada de los reyes que fueron y de los héroes de las guerras de Tebas y Troya. Píndaro, en la segunda olímpica escrita para los Juegos Olímpicos celebrados en Atenas en el año 476 antes de Cristo, dice de la llanura Elusión “que se confunde con las islas de los Todopoderosos o de los Bienaventurados, para formar una única isla donde se encuentra la fortaleza de Cronos asociado con Radamatis”.

Pero ¿quién era este Radamantis? La propia palabra nos muestra su clave, Radamantis es el Ra egipcio, el Atón, el sol de los celtas. Así que Cronos, el tiempo, y Radamantis, el sol, se asocian en el mismo lugar en que uno se pone y otro se acaba. Convergen las religiones paganas, como más tarde convergería también el Cristianismo, que lejos de imponer su férrea ley, se adapta, dando lugar al sincretismo que pervive hasta nuestros días. Y todo converge, una vez más, en la misma esquina del mapa, porque, claro está, ni siquiera estas creencias pueden pasar más allá del horizonte físico que marca el disco plano de la tierra y la catarata en la que el mar se precipita.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola.
Mi nombre es Iván y soy de Argentina. Me encantan las tradiciones celtas y griegas, por lo que aprecio mucho este posteo.
Aunque no tengo ascendencia céltica (a menos que sea por la parte española) esa cultura ha cautivado mi imaginación y , al igual que la griega, mucho de mi corazón.
SALUDOS DESDE LA HERMOSA ARGENTINA.

crougintoudadigo dijo...

Nesta vida, como na outra nada se crea nin se destrúe nin se transforma demasiado, en realidade -consellate con Sarner-cando se pasa de paso polo Camiño de Santo André polo que van dous e volven tres.Sonche milagres de Santo André.
Fermoso artigo caro amigo Pacocho e cheo de novidades. A min tamén encantanme @s celtas. Penso que todo o mundo debería ter un/h@.

;-)






Saudos caro amigo Pachocho neste Tartárico Trasancos. Abraço