lunes, 26 de noviembre de 2007

Violencia gratuita

Un día, uno de esos amigos que de repente desaparecen de la vida sin dejar más rastro que el recuerdo, me dijo, en una de esas conversaciones supuestamente inteligentes, que nada más fácil que cometer un asesinato, así, sin más, por las buenas. El crimen perfecto. Según él, resultaría imposible que nadie descubriese nuestra identidad, ni nuestra implicación, si se cumplían unos cuantos requisitos básicos y se seguían al pie de la letra

El primero de ellos era carecer de cualquier clase de antecedentes penales. El segundo, no pretender con el crimen ninguna clase de compensación, es decir, evitar que pueda existir cualquier clase de móvil. En tercer lugar, elegir una víctima con la que no exista ninguna relación. Y en cuarto lugar, olvidarse de reincidir.

El plan era como sigue. Agarra uno un hacha, un cuchillo de cocina, o cualquier instrumento de fácil adquisición y de uso cotidiano y vulgar, que no presente dificultad tanto para conseguirlo como para deshacerse de él —lo del hacha era su opción preferente—. A continuación, elegir una zona poco transitada, a poder ser oscura y en la que no sea fácil que pueda haber incómodos testigos. Tras eso, aguardar el paso de la víctima, no importa cuál, la primera que se nos acerque y, sin mediar palabra, asestarle el golpe mortal, asegurándose bien de que la dejamos completamente desprovista de vida. Sólo restaría entonces abandonar la zona, sin precipitación, ni prisas, y teniendo previsto el camino de regreso. Finalmente limpiar bien el arma de toda posible huella y deshacerse de ella en un lugar dónde jamás pudiese ser encontrada, el fondo del mar, por ejemplo.

Así de simple y así de sencillo. La policía se enfrentaría a un rompecabezas imposible en cuanto se descubriese el cadáver: ninguna relación entre la víctima y el asesino, inexistencia de móvil, carencia de antecedentes penales y de testigos, de cualquier clase de huella y ausencia de arma homicida. Imposible saber quien fue el culpable: uno más de los muchos casos sin resolver que, en alto porcentaje, suceden cada año sin que se les dé publicidad alguna.

Yo le replicaba que muy bien, perfecta la teoría, pero que llevarla a la práctica no era tan fácil. Es decir, que existían demasiados elementos externos gobernados por el azar para poder controlarlos enteramente.

Porque, ¿cómo tener la absoluta certeza de que nadie nos ha visto? ¿Cómo en un crimen como ese, evitar que la sangre de la víctima nos salpique y nos delate? ¿Cómo evitar que el interfecto grite si fallamos el primer golpe e incluso el segundo? ¿Cómo mantener la sangre fría, para rematarlo sin piedad, y la calma para abandonar el lugar sin prisas, pero sin pausa, llevando además consigo el cuchillo o el hacha ensangrentada?

Y sobre todo, le decía yo, tú no has leído “Crimen y castigo”: ¿en qué lugar dejas el remordimiento, la conciencia, la huella que tal hecho pueda dejar en nosotros mismos? ¿No acabaríamos también por delatarnos, por entregarnos para recibir el justo castigo ante semejante crimen injustificable? ¿En qué lugar habremos de dejar nuestra moral?

Y además ¿por qué íbamos a hacerlo? ¿Sólo para demostrar que se puede salir impune, sin lograr con ello ninguna clase de enriquecimiento, ni material, ni personal? ¿Sólo por decir, ves, tenía razón, y sin poder siquiera decírselo a nadie más que uno mismo ante el espejo? Y, en el peor de los casos, ¿cabría la posibilidad de que el asesinato acabase por gustarnos y nos sobreviniesen tentaciones de actuar de nuevo para sentir en el hocico y en el alma herida el aroma de la sangre?

Nunca pude comprender el daño por el daño, la destrucción por la destrucción, sin obtener ninguna clase de satisfacción a cambio. Me resulta imposible comprender qué clase de voz interna obedecen, simplemente, aquellos que destrozan los espejos retrovisores de una hilera de coches aparcados, o los que prenden fuego a un contenedor, arrancan una papelera o dejan sin pantallas ni bombillas a todas las farolas de una calle. Y eso que el daño, aquí, se hace sobre objetos inanimados, es decir, que no sufren. Si acaso sufren los propietarios de esos coches o, indirectamente, los ciudadanos que con sus impuestos sufragan el daño que los destrozos al patrimonio público causan aquellos a quienes estas consideraciones parecen no afectarles. Pero, puestos a buscar razones, más allá de la razón, porque la razón para mí, en estos casos, debe estar ausente, puedo culpar de ello a causas como el exceso etílico, la perturbación por las drogas y hasta, simplemente, el deseo de impresionar a una cómplice damisela con la certera puntería del que lanza la piedra y da en el mismo centro de la farola. Hasta ahí, llego. Puedo también comprender, que no justificar, a aquel que roba, porque con ello consigue un botín que ansía. O cualquier otro crimen con el que, quien lo comente, obtiene algo a cambio y valore ese algo por encima del daño que causa para obtenerlo.

Pero, pese a que mis razones me parecieron siempre de peso y que con ellas nadie, razonablemente, podría vencerme en un debate, los hechos, poco a poco, me van contradiciendo.

El otro día, desde la ventana de mi casa, vi a unos muchachos, muy jóvenes y a plena luz del día, lanzando piedras contra una farola, sin que hubiese, aparentemente, ni alcohol, ni drogas, ni cómplices damiselas presentes en el acto. Ni tan siquiera puntería, ni reto alguno en tal acto, porque lo intentaron hasta diez veces, sin conseguirlo y finalmente se fueron, así, sin más.

Y fue esto lo que me recordó aquella conversación con mi amigo, quien, por cierto, apareció un día muerto, golpeado al parecer por un objeto contundente que jamás se encontró —puede que incluso se tratase de un hacha—, hace ahora cinco años, sin que se haya descubierto hasta hoy quien fue su asesino, ni por qué lo hizo, ni qué clase de satisfacción obtuvo con ello.


(Este relato literario no contiene necesariamente hechos reales).





1 comentario:

qisties dijo...

Hola encontré tu blog por casualidad :)

Yo creo que lo único que mueve a las personas que actúan así es el placer de hacer daño. Es el lado oscuro del ser humano, el ser humano elige lo que quiere ser y eso parece que muchos no lo quieren aceptar.

saludos