miércoles, 3 de enero de 2007

Los muros de la vergüenza

En los tiempos inseguros, casi todos en la historia, los hombres construyen muros para protegerse. Para proteger al hombre de sus miedos. Miedo a ser atacado por otros animales primero y por otros hombres, después. Y es aquí cuando los miedos se multiplican. Ya no es sólo miedo real a un enemigo que sabemos puede atacarnos, sino miedo a la diferencia.

Desde la filosofía griega, de la que hereda el pensamiento universal que nos domina, aprendemos las lecciones básicas. Los conceptos básicos que definen y nos definen en el mundo. Quienes somos. Pero el error es que lo hacemos a partir de la negación del contrario.

Para Platón, por ejemplo, ser griego, esa simple definición que connota ciudadanía y confiere ciertos derechos, significaba ser hombre (negando el sexo contrario), libre (negando la libertad de otros, esclavos) y no extranjero (negando la diferencia y sus múltiples lecturas). De ahí nacen el sexismo, la esclavitud y el racismo. Están dentro de la definición de ser griego.

Nos definimos así todavía, negando al otro, temiéndole. Y por eso seguimos construyendo muros. Y pasamos de las cercas de las fincas, a fortificar ciudades, a rodearlas de imponentes murallas de las que aún hoy conservamos algunas; a construir castillos protegidos por fosos, ubicados en las lomas más altas e inaccesibles. Llegamos incluso a rodear países de murallas, como China. Y hasta levantamos muros para dividir y separar, como Berlín o Jerusalén.

Estos son los grandes muros. Aunque también seguimos fieles a esos otros, más pequeños, de hormigón o alambrada, que protegen nuestras propiedades privadas y los bienes de millones de particulares. No hay particular que lo primero que haga tras adquirir una finca no sea cercarla.

Los muros no son cosa del pasado. No sólo son cosa de los nazis y sus guetos, ni de los judíos de ahora, separados de los palestinos por continuos muros y barreras. Ni siquiera de George Bush y su vano intento de frenar la libre circulación desde México.

Decía Rosseau, el hombre es un lobo para el hombre. Y digo yo que el hombre es lobo y cordero al tiempo. Y cuando actúa como cordero, sólo hay un fin que le mueve: el miedo. Ese miedo es quien nos mete en la trinchera.

Pero el miedo es un arma demasiado débil frente a la desesperación, el hambre, la indigencia, el deseo de una vida mejor. Y no hay muro que un día no se derribe.

La historia derribó a muchos y los hombres siguen y seguirán levantando otros, más que sepamos que no podemos frenar nada mientras la desigualdad real entre este mundo nuestro civilizado y opulento y el tercer y el cuarto mundo exista. Y esa desigualdad empujará hacia nosotros a cualquier hombre que sepa que puede vivir mejor o, sencillamente, vivir.



2 comentarios:

Navegante dijo...

Me gustó mucho el artículo de los muros; En México se vive a diario la cultura de "me voy p'al gabacho" y es que la ruina económica de un porcentaje considerable de la población alimenta la esperanza de ganar en dolares.
Por acá sabemos que llegan a ganar cerca de los $50.0 dolares por hora, y en ocasiones más que eso... esa equivalenia se gana en México por tres días de trabajo. Me refiero a empleos de bajo nivel tanto en México como en U.S.A.
Así que un jornalero puede, en poco tiempo, tener casa y cambiar auto cada año. Mientras que aquí con una carrera profesional y empleado en la iniciativa privada, puedes aspirar a comprarte una "chatarrita" de auto, desfasado 5 u 8 años contra el modelo actual... Y casa, ni soñar tendrías que recurrir a un crédito eterno para comprar una "pajarera" de mala calidad a las afueras de la ciudad.
Te felicito por tu blog, es muy interesante.
Desde Veracruz México, Un Saludo!

Pacocho Corbeira dijo...

Gracias por tu comentario. En México y en el inefable Bush pensaba cuando lo escribí: un tipo que se está cubriendo de gloria con decisiones estúpidas como ese muro y al que la porquería que está sembrando en Irak le va a estallar en la cara. Cree que México es el patio trasero de los USA y ahí está el problema.