martes, 6 de marzo de 2007

El arma secreta de la conquista de América (II)

Es de sobra conocido el episodio ocurrido el 16 de noviembre de 1532 en Cajamarca, cuando Francisco Pizarro capturó y secuestró a Atahualpa, señor del vasto imperio Inca, que habitaban millones de personas y pidió a cambio el rescate más grande de la Historia: una habitación llena de oro hasta el techo.

No sólo causa perplejidad el hecho de que la tropa de Pizarro fuesen sólo ciento diez soldados de a pie y sesenta y dos a caballo, con los refuerzos más cercanos a más de 1.500 kilómetros, frente a un ejército inca de 80.000 hombres, sino el cómo algo de tal magnitud pudo llegar a pasar del modo en que sucedió.

Para explicarlo debemos retrotraernos seis años atrás, 1526: una epidemia de viruela, traída de manos de los europeos desde el norte, se adelanta a la llegada de los propios conquistadores, alcanza al mismísimo corazón del imperio inca y se lleva por delante al emperador Huayna Cápac y con él, a la mayoría de su corte. Y muy poco después, moría de la misma enfermedad su heredero: Ninan Cayuchi, con lo que en la línea de sucesión sólo quedaban Atahualpa y su medio hermano Huáscar. La lucha por el poder de ambos derivó en una guerra civil que continuaba a la llegada de Pizarro.

Un Pizarro que tuvo la suerte, pues, de encontrarse con un imperio dividido. Y hasta el hecho de que Atahualpa se hallase en aquel momento en Cajamarca se debía a que venía de vencer en dos batallas decisivas para sus intereses, no a que Pizarro lo buscase. Pero aprovechando que pasaba por allí, entró en Cajamarca a sabiendas de que Atahualpa se encontraba a cuatro leguas de la ciudad y aleccionó a sus tropas para esperar al emperador. Le envió recado de que lo aguardaba para entrevistarse con él y Atahualpa fue, hasta la mimísima plaza del pueblo.

El asunto de este encuentro está perfectamente documentado por distintos cronistas. Llegó Atahualpa en una litera tras varios cientos de sus hombres. A él se acercó biblia en mano y crucifijo en la otra Fray Vicente, que así habló a Atahualpa: “Lo que yo enseño es lo que Dios nos habló, que está en este libro” (un libro que Pizarro jamás había leído, ya que era analfabeto). Atahualpa tomó el libro, sin acertar a abrirlo. Fray Vicente quiso ayudarle, pero Atahualpa no le dejó, abrió el libro por sí mismo, vio las letras que no entendía y arrojó la Biblia al suelo, diciendo que allí no hablaba nadie.

Acto seguido, Pizarro hace una seña y sus hombres a caballo salen al galope y con los sables, las lanzas y algún disparo de efecto de sus arcabuces, siembran el pánico en la plaza. La superioridad de las armas de acero, frente a las de los incas, las armaduras y yelmos y los caballos llevaron a que fueran pasados a cuchillo más de dos mil incas sin que hubiese una sola baja por parte de los invasores.

Pizarro se fue a la litera de Atahualpa, lo tomó por un brazo y lo mandó encerrar pero, eso sí, tratándolo de modo acorde con su rango. Pidió entonces el monumental rescate y, mientras tanto lo reunía, mandó emisarios a Panamá para buscar refuerzos y a otros puntos del imperio. Mantuvo a los incas a raya gracias al secuestro del emperador y, finalmente, incumplió su palabra, porque a pesar de cobrar el rescate (que fundieron en lingotes, separando los del Rey y los de la Iglesia), mató a Atahualpa. Cuando llegó la guerra, las fuerzas numéricas ya no estaban tan desniveladas.

Cierto que las armas de acero, las armaduras y los caballos fueron elementos decisivos en la superioridad de los invasores, pero no menos cierto es que este episodio nunca se hubiese producido sin el concurso de la viruela. Las cosas para Pizarro no iban a ser tan fáciles, o tal vez los predecesores de Atahualpa fuesen más desconfiados.

Porque falta preguntarnos por qué Atahualpa no vio la trampa que le tendían. Ni jamás imaginó que aquellos españoles quisieran algo más allá de aquel oro que reclamaban. Nunca sospechó que venían para quedarse, ni para ser los dueños de todo. Ese error de cálculo fue su perdición. Sobre todo porque sabía y había oído hablar que violaban a sus mujeres y mataban sin piedad, robaban ropa y comida, incluso a las puertas de Cajamarca.



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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Otro elemento importante a considerar, es que el imperio incaico no estaba consolidado; muchos de los recientes pueblos anexados estaban disconformes o en franca rebeldía contra los cusqueños. Los españoles captaron esta rebeldia a favor suyo, aceptando alianzas con los rebeldes conta los incas. Muchas de las batallas fueron indios contra indios.

Marco

Pp dijo...

La misma historia se repetió en México, un imperio divido, las enfermedades lograron que cayera el imperio azteca. Interesante post Saludos!!!

Jeanfreddy dijo...

Hola Paco, quiero subirlo, pero falta un link para hacerlo en Menéame! :P

upinaron dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.